Localizaciones: la casa de los chicos

Santa Eulàlia, 41, L'Hospitalet de Llobregat

Hasta ahora os he hablado únicamente de Joan y de Perales, en origen, únicos protagonistas de la historia. Hoy, sin embargo, os dejo la ubicación de la casa de otros dos personajes que, sin conocer a ninguno de ellos, acabarán implicados en la investigación. Su motivación inicial no es exactamente la misma, cierto, pero todos tienen mucho interés en averiguar qué fue lo que pasó allí. A saber por qué; eso es algo que no os pienso contar. Sólo os diré que, antes o después, todos acaban pasando por aquí y que alguna importancia tendrá eso en la historia, ¿no? Ésta es una de aquellas localizaciones que os comentaba que se encontraba fuera de la ciudad de Barcelona, en L’Hospitalet, que, pese a estar, a efectos prácticos, integrado dentro de ella, forma parte de otro municipio. Si queréis saber qué conté sobre este lugar a TV L’H, seguid este enlace y, para ver sobre el mapa interactivo, el punto exacto en el que se encuentra, pinchad aquí.

Era una finca vieja. De haber estado bien cuidada la habría llamado antigua, porque lo era, pero me pareció que no se merecía aquel toque de distinción que la palabra le otorgaba. No mostraba más que un piso sobre los locales que ocupaban los bajos pero, aun así, era de una altura considerable. La fachada estaba en un estado más o menos presentable, por lo menos conservaba una mano de pintura uniforme de color amarillo, ribeteada en gris en los relieves que enmarcaban las puertas de los locales y del balcón del piso superior, que la recorría de lado a lado con su balaustrada blanca grisácea. La cosa empezaba a perder su encanto con la puerta de entrada, de unos tres metros de madera vieja agrietada pintada de marrón una y mil veces. La insistencia con la que Emma la empujaba mientras forcejeaba con la llave me hizo pensar que la cerradura no andaba muy fina. Por fin consiguió abrir y nos adentramos en la oscuridad más absoluta. Tras unos segundos encontró el interruptor y apareció ante mí una escalera tétrica como pocas había visto. Las paredes fueron también en su día del mismo color que la fachada, se intuía por los trozos de pintura que habían logrado sobrevivir entre las áreas descascarilladas por la mala traza del pintor, por la humedad o por la afición que parecían tener los vecinos del edificio por arrastrar todo tipo de objetos a lo largo de sus paredes, a juzgar por las rozaduras que dejaban al descubierto el yeso bajo la pintura. El primer tramo de escalera nos condujo a un primer piso que no tenía salida a la fachada y, dieciséis escalones después, llegamos a casa.

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